martes, 29 de abril de 2014

SUCEDIÓ EN "LA GUARDE"

4 de Marzo: 6 de la tarde. Cuarto de baño de mi casa.

Me llamo Eva, tengo 10 años y de momento soy detective aficionada. Y digo de momento, porque desgraciadamente mi corta edad y todo el papeleo necesario, me impiden ser reconocida como una profesional en la materia, aunque cualidades no me faltan.
Siempre me he destacado por mis buenas dotes de observación y por esa manía de apuntarlo todo en esta agenda de cuero, heredada de mi abuela, que llevo conmigo allá donde vaya. Y es así como no se me escapa un detalle. He resuelto casos complicados en el parque y en el colegio, y aunque en la mayoría de ellos no he recibido felicitaciones ni agradecimientos, me queda la satisfacción personal de haber dado con la solución.

El último lo acabo de resolver en este instante, aunque para explicarlo con claridad, debo remontarme a seis meses atrás cuando mi hermana comenzó a asistir a la guardería Patrocinio de la Virgen María. Mis padres estaban muy contentos de haber conseguido plaza aquí porque las monjitas tenían fama de dar muy bien de comer a los niños y ser requetelimpias y cariñosas, pero lo que nadie esperaba es que un asunto de decoración del local fuera a causarnos tantos problemas. Para centrarnos diré que en el "hall" de entrada había colgado un crucifijo que, a mi hermana Ana, le causaba terror, tanto que llegué a pensar si estábamos ante un caso similar al de la "Niña del Exorcista" 3. Ella, con dos años a su espalda, se agarraba a la pierna de mi madre como una posesa, y no había manera de que se soltase. Todo ello, acompañado de unos aullidos escalofriantes que contagiaban a todos los compañeros de guardería. Así que, dejarla allí cada mañana, era una auténtica cruz, nunca mejor dicho.
Yo tuve la idea de que cambiaran la imagen del Cristo crucificado por otra de la Vigen María que se encontraba en el interior y que mi hermana asociaba a un hada (al fin y alcabo, eran de la misma familia) pero los entrecejos fruncidos de las monjas y muy especialmente la patadita que me propinó mi madre en la espinilla, me hicieron comprender que mi sugerencia no había sido bien aceptada.

Mi hermana llevaba ya dos semanas quedándose afónica y yo llegando tarde al "cole" tras la ardua tarea de intentar despegarla de la pierna de mi madre, quien solía comenzar con dulces promesas, continuaba con serias amenazas y finalmente culminaba con monja tirando por un lado y madre por otro. Llegados a este plazo más que razonable, ambas partes pactaron que lo mejor era buscar otra guardería. Menos mal, porque no solo ya las monjas, sino las otras madres y casi toda la calle nos miraban con cara de sospecha, como si fuerámos brujas o estuviéramos endemoniadas.
Y así fuimos a dar a parar con la recién inaugurada "Pequeñitos, pero matones", un estilo muy diferente de guardería. Lo primero que me llamó la atención fue el nombre, que definía a la perfección la personalidad de mi hermana. Y la experiencia lo demuestra. Ella es feliz allí. Ahora todas las mañanas va canturreando por el camino y en cuanto abren la puerta sale corriendo y se mete dentro sin despedirse de mi madre siquiera. Y las monitoras son un encanto; tienen una visión siempre positiva de las maneras de mi hermana. Si aúlla dejando sorda a media guardería cuando le quitan un juguete es "porque tiene un gran sentido de la justicia y lo manifiesta". Si le pega un manotazo al plato de puré es "porque empieza distinguir entre gustos y disgustos". Si en vez de pintar en el cuaderno lo hace en la cara de uno de sus "compis" es "porque posee un gran espíritu creativo"...¡Ojalá en mi colegio fueran tan comprensivos y cuando me olvido de hacer los deberes  en vez de ponerme un "cerapio" lo interpetaran como "una protesta necesaria para demandar tiempo libre"!

Bueno, pues a estas monitoras siempre tan calmadas y comprensivas , ayer, al ir a recoger a mi hermana, nos las encontramos al borde del ataque de nervios. ¿Qué sucedió? Pues allá voy, paso a narrar los hechos con la máxima objetividad posible.
Cuando llegó la hora de despertar de la siesta a los niños, que duermen separados por edades, en salas diferentes llenas de colchonetas de colores, una de las monitoras "siempreguays" se topó con el siguiente panorama en la sala del grupo de los dos años:
-Darío, tumbado sobre el sueldo y tapado con su colchoneta y otras 5 más.
-Daniel, con el pañal arrancado y bolitas de su "cacota" desperdigadas alrededor.
-Isabela, abrazada a su conejita de peluche que estaba toda rasgada y abierta en canal (la conejita, no la niña)
-Manuel, con dos mordiscos bien señalados, uno en la mano derecha y otro en la izquierda.
Y todos, lloriqueando y balbuceando palabras incomprensibles en ese amasijo de mocos y lenguaje gutural.
Para terminar, mi hermana, en su colchoneta durmiendo como una bendita, ajena al lío que estaba montado.

Nadie había visto ni oído nada. Porque el momento de la siesta es el que las "profes" aprovechan para comer, fumarse un cigarrito o relajarse, pero en cualquier caso, aunque el grupo de formado por los niños de tres años fue el principal sospechoso, su monitora aseguró que ninguno había salido del aula durante la hora de la siesta. Los de un año estaba claro que no eran capaces de semejante proeza y, los bebés que estaban en sus cunas, por supuesto tampoco. Algunos padres, de esos con una inteligencia bastante inferior a la media de los bebés, sugerían que quizá un animalillo, no se sabe si perro, gato o ratón, podría haberse introducido en la sala y atacar a los niños sin que nadie los viera. Hubo otras ideas geniales que iban desde "falsos padres", psicópatas, ladrones, fontaneros, y otra serie de profesionales de la construcción, que quizá hubieran pasado por la guardería inadvertidamente. Como si aquello fuera la Puerta del Sol a las 3 de la tarde. Yo les dejaba hablar y hablar y tomaba mis notas en la libreta, apuntando desde la posición de los cuerpos en la siesta, pasando por los daños ocasionados a cada uno, hasta comporamientos y gestos que pudieran resultar claves.
A todo esto, mi hermana seguía durmiendo dulcemente, con esa cara de oso panda feliz que se le pone al echar un sueñecillo.
Una de esas madres con ideas geniales, de repente gritó mirándola.
-Y esa pobre niña, ¿no estará drogada o desamayada? Yo iba a explicarle que no, que cuando duerme puedes bailar un zapateao en su oreja , que ella ni se entera, pero para entonces ya la estaba zarandeando sin compasión.
An abrió un ojo con dificultad, debido a un hilillo de legaña adherido a su párpado como un pegamento asqueroso, y luego abrió el otro ya con gesto malhumarado y al encontrarse de frente con esa madre extraña, le salió del alma soltarle una patada. Así todos pudieron comprobar que se encontraba en plenas facultades.
Mi madre se deshizo en disculpas y ya las conversaciones comenzaron a enredarse con anécdotas, casos similares y todas esas tonterías que se dicen cuando no se sabe de qué hablar. Para todos se trataba de un gran misterio.
...Que es el que yo acabo de resolver.
Me ha bastado ver esta tarde mi canica azul en el orinal de mi hermana para atar cabos.
Y esto es lo que sucedió en la "guarde":
Ana se llevo de "extranjis" mi canica . En algún momento del día debió desaparecerle y pensó que algunos de sus compañeros se la había quitado. Así llegó la hora de la siesta y cuando todos estaban dormidos, levantó la colchoneta de Darío por si la había ocultado debajo y de pasó miró debajo de todas las demás, echándoselas encima.
Al no encontrarla, sus sospechas se dirigieron a Daniel, quien aún lleva pañal y allí esconde muchos de sus tesoros; se lo arrancó y analizó su oloroso contenido y al no hallar nada pensó que quizá Isabela podría haber utilizado su conejo de peluche como escondite. Descubrió un pequeño descosido en la espalda del muñeco y comenzó a rebuscar en su interior por si lo hubiera metido allí. Pero nada de nada, por lo que sus pasos se dirigieron al siguiente. Manuel tenía los puños cerrados como si ocultara algo en ellos, así que le mordió la mano derecha  y entre sueños, la abrió por instinto y no salió nada ; se fue entonces a la izquierda, y la mordió también, y mira por dónde de aquí sí salió la canica .Ante el temor de que volvieran a quitársela durante la siesta, no se le ocurró mejor sitio para ocultarla que metérsela en la boca, pero se quedó dormida y se la tragó. Y desde entonces, ha viajado por sus tripas hasta aterrizar esta tarde con su "pastelón" en el orinal.
Cuando termine de escribir estas últimas diligencias iré a hacerle confesar su delito. Eso sí, le aseguraré que esta información no será utilizada en su contra si promete no volver a tocar mi colección de canicas, pero aún así, buscaré un buen escondite en el altillo del armario para evitar tentaciones.
En cuanto a las monitoras, mejor no comentarles nada, no vaya a ser que a partir de ahora, Ana les parezca más matona que pequeñita y tengamos que volver al Patrocinio de La Virgen María y las mañanas de "La Niña del Exorcista". Y respecto a mis padres, ni una palabra, de lo contrario, mi colección de canicas podría ser confiscada.

Caso resuelto y archivado.



Dedicado a mi hija Ana, "el terror de la guardería", la peseta que se tragó en la siesta y sus entrañables "compis".

viernes, 25 de abril de 2014

CUÉNTAME UN CUENTO...AUNQUE YA PEINE CANAS.

Hay apasionados por la novela. Otros, prefieren los relatos. Y muy pocos se decantan por la literatura oral, a pesar de ser una costumbre ancestral, enraizada en nuestra cultura y de la que han brotado todos los géneros escritos que conocemos en la actualidad.
Para los que hemos tenido hijos, los cuentacuentos han llenado de fantasía muchas tardes lluviosas. Pero ahora, también pueden formar parte de nuestras noches. Sí, porque los cuentacuentos no son sólo para los niños. Os invito a descubrir una selección de espacios que convierten la literatura oral para adultos en una experiencia mística, erótica, cómica, mágica o misteriosa. Yo, que vosotros, lo probaría. Aunque ya empecéis a peinar canas y , algunos incluso, a sacar brillo a la calva, es un placer relajante dejarse envolver por historias narradas, a veces, susurradas, mientras se saborea un café o una copa.

 CAFÉ  LA FLAUTA MÁGICA










Alcántara, 49 Madrid, 28006. 914 012 896. www.cafelaflautamagica.com/

Llevan 30 años programando cada jueves a las 9,30 de la noche encuentros con la narrativa oral. Además de tomarte una copita o lo que te apetezca, puedes picar algo de su carta para acompañar.
Cobran un suplemento de 4 euros en la primera consumición cuando está actuando el cuentacuentos.
Y esto es lo que nos proponen reflexionar:" “Si los sueños se cuentan ¿los cuentos se cumplen? Dicen que la vida es sueño y los sueños cuentos son, entonces…  ¿Los cuentos se sueñan? ¿Los sueños se roncan? ¿La vida es cuento?


LIBERTAD 8 CAFÉ
 
     Libertad, 8 (zona centro)(91) 532 11 50. www.libertad8cafe.es/

El café tiene una historia de más de cien años. Lo que comenzó siendo una vaquería y más tarde tienda de vinos, pasó a ser una  taberna se donde se reunían los militantes de los partidos y sindicatos a beber y compartir las ideas que traían los visitantes de otros países.
La historia del Café Libertad 8 como tal se remonta a 1975. Y desde sus comienzos , como no podía ser menos haciendo honor a su nombre, fue un lugar de encuentro para los antifranquistas y todos aquellos que anhelaban nuevos a aires de libertad.


Todo un referente en la vida cultural y musical madrileña, también tiene un hueco para la narrativa oral todos los sábados a las 8 de la tarde. En su web podréis consultar la programación.
Esta es su filosofía: "Creemos en las personas y vamos a seguir apostando por ellas. Así que seguiremos ofreciendo ya no sólo el escenario sino un apoyo más profesional a los artistas que comienzan. Y a vosotros, nuestros amigos, queremos que os sintáis como en casa, y os seguiremos ofreciendo cada día el calor y acogida de nuestro café y una razón artística o musical para venir a vernos"


ZANZÍBAR

Dónde: c/ Regueros, 9
Tel. 91 319 90 64


Entrar en el Café Zanzíbar es como poner un pie en África. Todo, desde la decoración hasta la venta de productos solidarios como el café proviniente de esta zona, hasta la música,  habla de raíces étnicas. Su programación cultural es muy variada, y entre sus actividades, dedican algunos días a la narrativa oral, que en esa atmósfera exótica y cálida, se traduce en un viaje en el tiempo y en la geografía.


ROCHELA CAFÉ

Dirección: Calle de Manuela Malasaña, 31, 28004 Madrid
Teléfono:914 45 31 52 www.rochelacafe.es
Es un restaurante colombiano donde saborear los apetitosos platos y un tanto desconocidos de la gastronomía local. Y bocado a bocado, paladear además deliciosas historias orales cocinadas con ingredientes latinomericanos en su mayoría. 
 
EL NARANJA CAFÉ
Calle San Vicente Ferrer, 53, 28015 Madrid
687 36 87 90 
www.elnaranja.info/1.html


Y ya, para cerrar la lista de sugerencias os dejo la propuesta de este espacio en Malasaña: " En el Naranja Café queremos ofrecer un espacio cultural alternativo donde cualquiera puede exponer y representar su trabajo o pasión.
En particular nos dirigimos a artistas, fotógrafos, músicos, actores, escultores, cuentacuentos, monologuistas, magos, cantautores, directores de cine, diseñadores, modistos, coros, pintores, poetas, escritores, bailarines y a cualquier persona que quiera compartir con su amigos, compañeros, colegas, novios, novias y amantes, su ilusión por lo que mas le gusta, exhibiendose o exhibiendo sus obras" 

Y ahora, antes de dormir, déjate caer por uno de estos locales y que el murmullo de sus voces te adentre poco a poco en el mundo de lo sueños.










lunes, 31 de marzo de 2014

DESMEMORIAS DE UNA ABUELA OLVIDADIZA

  Premio de Cuentos Ciudad de Marbella 2011, Categoría Infantil, Editado en la Colección Cuentos y Relatos  2008-2013 II de la Fundación José Banús y Pilar Calvo
 

Papá dice que a la abuela le comienza a fallar la memoria... ¡y qué equivocado está!

¿Problemas de memoria cuando es capaz de recordar los céntimos que costaba un caramelo cuando ella era pequeña? ¿Mal de la memoria si te recita de un tirón la lista interminable de sus novios, con sus apellidos y "motes" incluidos? Y yo no paro de hacerle pruebas para demostrar a mi padre que está en un error y a ella… ¡le encanta!
-Abuela, ¿en qué año se acabó la guerra?

-En el 39, hija mía- responde sin dudar.

-¿Y por qué rompiste con tu novio Paco, "el fiambres"?

-Porque en vez de invitarme a merendar chocolate con churros a la Cafetería Manila, me llevaba al Parque de El Retiro con un par de bocadillos de chóped y una gaseosa.
-¡Qué roñica, abuela!

-¡Y qué poco elegante! ¡Hacer eso a una señorita de "morro fino" como era yo!

Pero todas estas pruebas, tan demostrativas para mí, lejos de convencer a mi padre le hacen insistir en su teoría con gran desesperación.
-¡Lo que yo digo es que no se acuerda de lo de ahora! Y si no, verás... Mamá, ¿qué has comido hoy?
-¿Qué? ¡Y encima con recochineo! ¡Si son las cuatro de la tarde y no hemos probado bocado! ¡Así estoy yo! ¡Totalmente "desmayaíta"!
-Abu, -digo en bajito, como en secreto-, que ya hemos comido: sopa y pollo al ajillo.

-¡Qué tonta! ¡Es que hemos almorzado tan pronto que ya lo tengo en el dedo gordo!

-¿Ves, papi? ¡Se ha hecho un lío porque ya está empezando a tener hambre!

Pero mi padre mueve la cabeza con gesto serio y a mi madre, que no abre nunca la boca cuando hablamos de la memoria de la abuela, se le escapa una lagrimita.

Lo cierto es que mi abuela últimamente hace y dice cosas mucho más divertidas que antes, aunque a mis padres no es que les haga mucha gracia que digamos.
Todo comenzó con el misterio de las "llaves andantes". Cada día que mi abuela salía de casa, las llaves saltaban de su bolso y regresaban a casa. Unas veces se escondían en el bolsillo de su bata; otras, en el cajón de su mesilla de noche y, a veces, desaparecían durante semanas.
El misterio de "las llaves andantes" se complicó con un nuevo reto: el de "la cocina tozuda". Comenzó a suceder como pasa con esas velas que se ponen en las tartas de cumpleaños que, si las soplas, se vuelven a encender. Abu terminaba de hacer sus sopas o de calentar su cafetito, y ¡zas!, al rato el fuego se prendía de nuevo. Lo malo era cuando no había retirado la olla y las lentejas se quemaban o los huevos estallaban como bombas. En alguna ocasión la "cocina tozuda" dejó que se escapara el gas... ¡y vaya olor! Mi madre abrió todas las ventanas y dijo que podía haber explotado la casa.
Abu no entendía cómo había ocurrido aquello, si ella no recordaba haberla dejado encendida. ¡Esa cocina "tozuda" casi nos la juega! Pero bueno, no nos vino mal, porque así estrenamos una placa de vitrocerámica, aunque es tan moderna que a Abu le da miedo tocarla, como el microondas, al que también tiene cierto respeto. Ahora, echo de menos jugar a los bomberos: salir corriendo con la sartén en llamaradas y el filete carbonizado y ponerla bajo el grifo; oír el estallar de la olla a presión, como un volcán en erupción y descubrir las judías, las zanahorias y los trocitos de carne pegados a las paredes, y luego, subirme a la escalera para limpiar los tomatazos del techo mientras Abu me sujeta las piernas para no caerme.
Por si fuera poco, los grifos se aliaron al desconcierto general ¿Por qué ese empeño en desobedecer a la abuela? Ella, que era la más limpia, siempre oliendo a jabón y colonia de lavanda, tuvo que enfrentarse a una nueva prueba: "las cataratas domésticas". Muchas veces cuando quería darse un baño, ¡hala!, el agua se desbordaba y salía por el pasillo, y continuaba hasta el salón... Yo me ponía mis aletas y las gafas de buzo y me dirigía como una valiente a cerrar el grifo. Luego ayudaba a Abu a vaciar cubos, cubrir el suelo de las habitaciones con toallas que, al empaparse, pesaban como muertos, y rematábamos la faena con la fregona. Pero un día el techo del vecino de abajo se llenó de nubecitas marrones y se chivó a mis padres. Se acabó también el buceo y la natación casera porque le prohibieron a Abu bañarse cuando no estuvieran ellos.
El dinero de la abuela sufrió un extraño encantamiento. Salvo en "la pelu" de Pili donde se empeñó en pagar dos veces y en la Panadería de Paco, donde le entregó uno de los billetes gordos y se fue sin la vuelta, (que nos la dio el pobre tras una carrera por la calle), si Abu salía sola por ahí a comprarse unas medias o lo que fuera, el dinero desaparecía de su bolso. Ella llamaba a este extraño suceso "evaporación". En alguna ocasión que la acompañaba al banco, yo veía cómo Abu dejaba el dinero en el cajero sin recogerlo. Como es tan buena y generosa yo creía que lo hacía para regalárselo al siguiente. Y a pasó de darme dos euros de propina los domingos a un billete grande de color azul. Hasta que su pensión cada vez le duraba menos y mis padres tomaron cartas en el asunto. Ahora, ella, como yo, también recibe propina los domingos. Ya no puede ir al banco, ni a comprarse medias. Y si va a la "pelu" de Pili o a la Panadería de Paco, lo deja a deber y mis padres lo pagan más tarde. Ella sigue diciendo que el "dinero se le evapora", que no es que lo pierda ni lo gaste, pero aun así, ellos no dan su brazo a torcer. ¿Y qué culpa tiene ella de que el dinero se le evapore, que las llaves se marchen de su bolso, que las cocinas se enciendan solas y que el agua se escape a chorros por los grifos? Pues no la entienden y encima, la castigan sin poder hacer lo que más le gusta.
A Abu le encanta jugar al "Disco Rayado". Cuenta una historia y a los diez minutos la vuelve a contar: la misma, con pelos y señales. Suelen tratarse de cosas raras pasadas en épocas lejanas, o de risa. También hay algunas de pena, muy penosa, la verdad. Otro juego que se le da muy bien es "Por un oído me entra y por otro me sale", que consiste en preguntarle o comentarle cualquier cosa y ella actuar como si no te hubiera entendido. Hay uno que a mis padres les pone de muy mal humor que se llama "Las adivinanzas de las medicinas", donde la abuela les toma el pelo haciéndose la tonta sobre si se ha tomado o no las píldoras por la mañana, al mediodía o por la noche. Y el que a mi más gracia me hace es ''Tu cara me suena, forastero", con el que vacila a los amigos y a la familia haciendo que no les conoce o diciéndoles que no "cae" en ese momento quiénes son. Conmigo lo ha intentado un par de veces, llamándome "hermana" o "hija", pero siempre le digo que a no me engaña, que conozco muy bien de qué va su juego.
"Estrenamos programa" es el que se ha inventado para cuando vemos la televisión. Abu hace como si cada programa fuera nuevo y yo le tengo que hablar sobre los personajes, los actores, y lo que pasó en el capítulo anterior.
"La ropa del revés" es de los más últimos. Se le ocurrió una mañana. Llegué a su cuarto a buscarla para desayunar y ahí estaba ella, con el sujetador y la ropa interior encima de la blusa y de la falda, con una zapatilla de casa y una bota, y mi gorro de lana en su cabeza.
"Los invitados imaginarios" me da un poco de miedo pero es el favorito de Abu. Se pone a hablar con personajes invisibles que ha conocido a lo largo de su vida. Se ríe, llora, charla y pelea con ellos. Me los presenta siempre y como la mayoría son personas que han muerto, me dan como escalofríos. Aquí es donde mi abuela demuestra sus grandes dotes de actriz. Oye, parece que los está viendo. Lo malo es cuando se empeña en invitarlos a merendar y saca la "vajilla buena", porque siempre hay una tacita o un plato que se rompe. Yo me suelo echar la culpa de cara a mis padres, pero después me ponen unos castigos de aquí te espero.
En las últimas semanas le ha dado por "Soy un robot desconectado", aunque todavía no lo he pillado muy bien. Sólo se que se queda mudita y con la mirada como vacía, y yo le canto, le grito, la beso, le tiro del pelo flojito, y hasta que no le hago muchas cosquillas no responde y a menudo ni con esas. Parece como si se durmiera la siesta con los ojos abiertos. Quizá sea eso y me haya confundido de juego. ¡Cómo tengo que adivinar siempre las instrucciones y ponerle nombre!
Antes nuestra vida era mucho más aburrida. Casi no jugábamos juntas y cuando lo hacíamos era a cosas muy corrientes: las cartas, el parchís, la casitas, las muñecas... Ahora inventamos muchas formas de entretenemos: ella me da la pista y yo le sigo la corriente hasta donde quiera llevarme. Así que cuando mis padres les dicen a las visitas que Abu se está haciendo mayor, pienso que están muy equivocados porque lo que se está haciendo es menor. Cada día le gusta más jugar, pone pegas para irse a dormir y para levantarse, ya no le hace tanta gracia eso de ir tan relimpia y, que quede entre nosotros, hace las letras peor que yo y ha empezado a leer muy raro. He tenido que enseñarle a atarse los cordones y a pelar la fruta. Y lo más claro: ha vuelto a usar "dodotis" por las noches. ¡En fin, si esto no es hacerse menor! A me alegra mucho porque es como si nos fuéramos acercando la una a la otra, yo hacia arriba y ella hacia abajo. Ya no es ella la que me vigila a mí, ahora yo también la tengo que vigilar a ella, y entre vigilancia y vigilancia nos lo pasamos genial.
Aunque últimamente Abu ha "desaprendido" muchas cosas con esa manía que le ha dado por hacerse bebé. Algunas tarde vienen sus amigas a visitarla, pero las reales no las imaginarias y hablan de un tal Al Zheimer que se ha llevado todos sus recuerdos. Yo no quién ese señor, ni quién le ha dejado entrar, aunque seguramente sería mi abuela porque le dio por abrirle la puerta a cualquiera. Tampoco por qué querría sus recuerdos, quizá porque tenía muchos y muy bonitos, Pero no me importa porque yo me estoy encargando de rellenarle la memoria. Todas las tardes, a la vuelta de el "cole", cojo los álbumes y página a página le voy enseñando las fotos: la de su Primera Comunión, la de la boda con el abuelo Antonio… Después le suelo contar historias de su juventud, esas que ella me repitió tantas veces: cuando se escapó el toro en la verbena de su pueblo, cuando casi se cae al Río Manzanares examinándose del carné de conducir... Y para terminar, le canturreo algunas cancioncillas que a ella le gustan: "Buscando en el baúl de los recuerdos", "Eva María se fue". Luego, la dejo un rato tranquila para que los recuerdos se le queden grabados y hay veces que la escucho repetir un estribillo o decir un nombre.
Mis padres siguen insistiendo que se nos va porque se ha ido haciendo mayor, pero a no hay quien me quite de la cabeza que si Abu se va es porque se ha ido haciendo menor, hasta que sea tan pequeña que desaparezca. Y cuando llegue ese día la echaré mucho de menos, pero dentro de mí seguirán sus historias, sus canciones, su risa, su voz... Todo lo que ella me contó y lo que disfrutamos juntas. Todo lo que ese Al Zheimer intentó robarle sin darse cuenta de que los recuerdos de Abu son imborrables, porque ahora están guardados en mi memoria.